Menos negociación colectiva, menos igualdad y menos democracia

Por María Luz Rodríguez, miembro de Economistas Frente a la Crisis

Profesora Titular de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. Universidad de Castilla-La Mancha

Siempre les enseño a mis estudiantes que la negociación colectiva encarna el valor constitucional de la igualdad. Mediante la negociación entre la representación de los trabajadores y el empresario o su representación sobre la determinación de las condiciones que van a regir las relaciones de trabajo, se intenta compensar la desigualdad de poder negociador que tienen aislada e individualmente los trabajadores. Uno a uno, los trabajadores nunca han contado con suficiente poder como para negociar en igualdad de condiciones con el empresario las reglas que van a disciplinar la prestación de trabajo de los primeros en beneficio y bajo la dependencia del segundo. De modo que es uniéndose y negociando juntos y al unísono un grupo de ellos como pueden tener un mayor poder de negociación y, por tanto, como pueden afrontar en igualdad de condiciones con el empresario la determinación de las condiciones –salario, jornada, horario, …- en que van a trabajar. La negociación colectiva hace, en definitiva, más iguales a los trabajadores para que puedan pactar de igual a igual las condiciones de trabajo con el empresario.

Comprendo que, para la ideología liberal, el funcionamiento de la negociación colectiva que acabo de explicar puede resultar negativo. Siempre, en efecto, ha habido quien entiende la negociación colectiva como una especie de cártel o colusión para evitar que la determinación de las condiciones en que se produce el intercambio de trabajo por salario se haga por el juego de las fuerzas del mercado, que en el ámbito de las relaciones laborales es tanto como decir por la fuerza del poder del empresario. Sin embargo, vivimos –o, al menos, eso dice nuestra Constitución- en un Estado Social y Democrático de Derecho, que tiene como seña de identidad el compromiso de los poderes públicos con la consecución de la igualdad real y efectiva de los ciudadanos. Razón por la que la negociación colectiva es vista en este modelo de sociedad, que según el artículo 1.1 de la Constitución es el nuestro, como una práctica valiosa y positiva, que hay que proteger y potenciar porque pretende lograr esa igualdad real y efectiva a que se refiere el artículo 9.2 de la Constitución entre los sujetos del contrato de trabajo.

Pero hay otro aspecto más que vincula la negociación colectiva con la igualdad. La negociación colectiva es, como los impuestos, un mecanismo de redistribución de riqueza. Fija condiciones de trabajo, es verdad, pero esas condiciones de trabajo, que para el trabajador representan cómo va a trabajar y qué va a recibir a cambio de su trabajo (en definitiva, cómo va a vivir), para el empresario representan la parte de los beneficios empresariales que va tener que destinar a retribuir el factor trabajo. Huelga decir que, cuanto mejores son las condiciones de trabajo que se pactan en la negociación colectiva, mayor es el trasvase de los beneficios que genera la actividad productiva a los propios trabajadores que participan en la misma. Lo que propulsa, a su vez, una cierta igualdad o menor divergencia en las rentas y en la posición económica de la ciudadanía. Por el contrario, si las condiciones de trabajo pactadas mediante negociación colectiva -o impuestas por el empresario por falta de esta- son de baja calidad, el trasvase de beneficios de la actividad empresarial a los trabajadores implicados en la misma será mucho menor y, en consecuencia, habrá una mayor diferencia o polaridad entre los niveles de rentas y las posiciones económicas de los ciudadanos.

Pues bien, la anterior evidencia nos debe llevar a preguntarnos en qué modelo de sociedad queremos vivir y, en función de cual sea nuestra respuesta, qué modelo de negociación colectiva queremos tener. Una pregunta que no puede responderse en términos técnicos, sino en términos de valores o ideología. Si preferimos vivir en una sociedad mas igualitaria, donde, aun habiendo diferencias entre las rentas de los que más y menos tienen, esa diferencia no sea demasiado exagerada, en el sentido de que no sean muy pocos los de las rentas muy altas y la gran mayoría los de rentas muy bajas o bajísimas, entonces necesitamos una negociación colectiva activa y potente, que actúe como canal conductor de riqueza para grandes capas de la población. Es eso, además, lo que hace germinar y crecer la clase media de un país, con los consabidos efectos beneficiosos desde el punto de vista social (avance, por ejemplo, en el terreno de la educación), pero también desde un punto de vista económico (la clase media es básicamente quien sostiene el consumo).

En cambio, si preferimos vivir en una sociedad muy desigual, donde unos pocos concentran la mayor parte de la riqueza y muchos tienen niveles de rentas que apenas les permiten la subsistencia, la negociación colectiva es un elemento a batir. O dicho de otro modo: conviene devaluar la negociación colectiva para que no cumpla su función redistributiva, aunque ello empobrezca a la mayor parte de la población y tenga unos efectos sociales y económicos bien conocidos por todos (la pobreza es siempre sórdida y económicamente improductiva) y claramente perjudiciales para el conjunto de la ciudadanía.

Un apunte más: la negociación colectiva también guarda relación con el valor de la democracia. No es lo mismo que la determinación de las condiciones de trabajo se haga de manera unilateral por parte del empresario que se haga de manera consensuada por acuerdo entre el mismo y la representación de los trabajadores. Frente a la imposición de la voluntad de una sola de las partes, que además es la más poderosa dentro del contrato de trabajo, la negociación colectiva supone la participación de los propios trabajadores, a través de sus representantes, en la fijación de las condiciones en que se va a desarrollar su actividad productiva; supone, por tanto, que los trabajadores puedan tener voz y compartir con el empresario la toma de decisiones (y también la responsabilidad) sobre los aspectos esenciales de la relación laboral.

Y aquí vuelve a ser necesaria una toma de postura sobre el modelo de relaciones laborales que queremos tener y, en relación con él, el papel que debemos asignar a la negociación colectiva. De valorar la implantación de la democracia en todos los ámbitos donde se ejerce poder, ya sea en la arena política o en la empresa, y que la toma de decisiones sea compartida y, a ser posible, consensuada por todos los afectados por ellas, la negociación colectiva debe convertirse en eje o procedimiento estrella del modelo de relaciones laborales, ya que es eso mismo lo que significa. De preferir la modalidad autoritaria, aquella en que las decisiones son adoptadas por una sola de las partes implicadas, sin que la opinión ni los intereses de las demás partes cuenten para nada, puede prescindirse de la negociación colectiva y dejar que sea el empresario el que ordene las relaciones de trabajo.

La última reforma laboral ha tomado partido por esta última versión de las relaciones laborales y, con el pretexto de una presunta eficiencia y la lucha contra el paro, ha diseñado un modelo de relaciones de trabajo en el que queda meridianamente claro que quien manda en la empresa es el empresario. Los cambios en la regulación de las llamadas modificaciones sustanciales de las condiciones de trabajo o en el despido colectivo son ejemplos emblemáticos. Pero es en la negociación colectiva donde mejor se ve la apuesta ideológica de la última reforma laboral. La apuesta porque la negociación colectiva vaya perdiendo musculatura como método de fijación de condiciones de trabajo y, de este modo, las funciones de igualdad, redistribución de renta y democratización en el ejercicio del poder en la empresa que la misma supone vayan decayendo.

Lo peor de todo es que los datos estadísticos nos muestran que, al menos de momento,  la ultima reforma laboral esta siendo en este punto efectiva y cumpliendo su objetivo. Con datos de agosto de 2012[1], resulta que el número de convenios colectivos registrados este año es de 1.299, es decir el más bajo desde que empezó la crisis económica (en 2011, el número de convenios registrados en agosto era de 2.056; en 2010, año en el que hubo problemas técnicos con el registro, el número de convenios registrados fue, aun así, de 1.834; en 2009, de 3.437; en 2008, de 3.343; y en 2007, de 3.523). Llego hasta 2007 porque es el año inmediatamente anterior al comienzo de la crisis y con la finalidad de ilustrar el comportamiento de la negociación colectiva durante la misma, pero he seguido con mi recuento año a año hacia atrás en el tiempo y he podido comprobar que el número de convenios colectivos registrados en agosto de 2012 es el más bajo de toda la serie histórica, esto es, el más bajo de un mes de agosto desde 1981. Así pues, nunca antes se habían firmado tan poco convenios colectivos.

Esta conclusión no varía en función del nivel de negociación, ya que se han firmado menos convenios de sector (realmente eso era lo que pretendía la reforma), pero también se han firmado menos convenios colectivos de empresa. En agosto de 2012, el número total de convenios colectivos de ámbito sectorial era de 339, nuevamente el número de convenios colectivos más bajo de toda la serie histórica y, desde luego, más bajo que los 517 convenios de sector registrados en 2011, los 427 de 2010, los 859 de 2009, los 870 de 2008 y los 786 de 2007. En relación con la negociación en la empresa, la favorita indiscutible de la última reforma, sucede lo mismo. En agosto de este año eran 960 los convenios de empresa registrados, frente a los 1.539 de 2011, 1.407 de 2010, 2.578 de 2009, 2.473 de 2008 y 2.737 de 2007. Nuevamente, el número de convenios colectivos de empresa registrados en agosto de 2012 es el más bajo de toda la serie histórica, es decir, el más bajo en un mes de agosto desde 1981.

Con todo, lo más preocupante no es el número de convenios colectivos que se firman, francamente bajo a estas alturas del año, sino el número de trabajadores afectados por la negociación colectiva. Esto es, el número de trabajadores cuyas condiciones de trabajo se han fijado por medio del consenso entre trabajadores y empresarios. En agosto de 2012, son 3’6 millones de trabajadores los afectados por la negociación colectiva. El nivel más bajo de cobertura convencional desde que empezó la crisis económica (más de 5 millones de trabajadores fueron los afectados por la negociación colectiva de 2011; más de 4 millones, aun habiendo problemas técnicos de registro en 2010; 7’4 millones de trabajadores en 2009; 7’6 millones de trabajadores en 2008; y 6’3 millones de trabajadores en 2007) y el más bajo, a su vez, de los últimos 18 años (hay que remontarse a agosto de 1994 para encontrar un nivel más bajo de cobertura convencional). Lo que significa que únicamente el 25 % de los trabajadores asalariados de nuestro país están hoy bajo la cobertura de un convenio colectivo en vigor.

El retroceso en la negociación colectiva que los datos anteriores tratan de ilustrar es obra de los problemas económicos que vivimos, pero también, y en muy buena medida, porque así lo refleja el comportamiento que en años anteriores tuvo la misma a pesar de la situación de crisis, de una última reforma laboral que menosprecia el valor y el significado de la negociación colectiva y que ha introducido en su regulación los anticuerpos necesarios para que vaya debilitándose. No sé si nos hemos dado cuenta de que haber limitado la duración de la denominada ultra-actividad del convenio colectivo a un año, puede hacer que, pasado un año, y un año pasa muy deprisa, vayan muriendo los convenios colectivos por falta de voluntad negociadora de una sola de las partes, que suele ser el empresario.

Todo ello apunta a la construcción de un modelo de sociedad con menores cotas de igualdad real entre los ciudadanos, con mayores divergencias entre sus niveles de vida y de renta, y más autoritario, donde el ejercicio del poder del empresario en la empresa apenas se comparte y, habiendo casi seis millones de personas en el paro, apenas se contesta. Estos son los logros de la última reforma laboral.

Marialuz.rodriguez@uclm.es

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[1] Fuente : Boletín de Estadísticas Laborales, disponible en http://www.empleo.gob.es/series/ (fecha de consulta: 11 de octubre de 2012).

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