“No es economía, es ideología”: Un buen libro para empezar

El libro de EFC

A continuación se reproduce una crítica al libro de Economistas Frente a la Crisis publicada en el Diario Digital nuevatribuna.es por el economista Antonio Mora Plaza.

Pinche aquí para obtener más información sobre el libro “No es Economía, es Ideología”

 

Los economistas críticos con la línea neoliberal y casi terrorista que se está siguiendo en España y en casi toda Europa estábamos esperando un libro sobre la situación española y sus políticas económicas. Este libro, con el significativo título de No es economía, es ideología, es un excelente punto de partida. Recoge 10 artículos largos –unos significativamente más que otros– y dos presentaciones de profesionales de la economía en el sentido completo: se ganan la vida con esa profesión y con un excelente conocimiento, sobre todo, de su rama respectiva, en función de su especialización. En general todos los autores crean conocimiento desde los dos raíles por los que se debe avanzar en esta llamada ciencia social. Por un lado tienen un conocimiento empírico de su rama respectiva, pero además –y esto es esencial para que sea conocimiento– tienen in mente un modelo teórico que les permite analizar la realidad y sacar conclusiones susceptibles de política económica. No basta con recopilar datos sin más. Ello es imprescindible, pero sin un modelo basado en el conocimiento del análisis económico y de su historia difícilmente se puede pasar de los descriptivo –ni siquiera se llega a ello– a lo analítico y al “qué hacer”. Lo digo por esa legión de tertulianos periodistas –mayormente de derechas– que pasan por las llamadas antes cajas tontas –teles– y radios, y no paran de opinar sobre economía porque han leído las páginas salmón de algún periódico o han hojeado el Financial Times del último día. Estos tipos no paran de hablar, por ejemplo, sobre la supuesta e imperiosa necesidad de reducir el déficit sin saber para qué y por qué, o de la herencia recibida, sin ser conscientes de que no son capaces de evaluar esa supuesta herencia malhadada. Es verdad que si dijeran otras cosas no saldrían por las teles y radios, lo cual llena de indignidad su currículum, abusando del privilegio de un título que la universidad –normalmente pública– no les ha dado para opinar de lo que no saben, sino para buscar la noticia y explicarla lo mejor posible.

Hay que decir que los neoliberales no tienen una teoría económica, una base de análisis solvente, que les permita hacernos creer que reduciendo el déficit vaya a bajar el paro. El propio Samuelson, recientemente fallecido, evaluó gran parte de las teorías y modelos desarrollados a partir de la caída del keynesianismo como paradigma universal a mediados de los años 70 del siglo pasado y se encontró con que no habían dado ni una. Sobre todo el fracaso de los Robert Lucas y sus teorías de las expectativas racionales, por más que él y algún otro seguidor más hayan recibido un premio Nobel (Thomas Sargent). Y en cuanto al monetarismo de Milton Friedman y compañía se preocupa de las sendas de crecimiento de la cantidad de dinero –o, dicho más técnicamente, de la oferta monetaria–, pero poco más de sí esa corriente de conocimiento (para ser justos, también trabajó sobre la función de consumo). El neoliberalismo, en su vertiente económica, se ha convertido en una mera creencia, en una religión sin pies ni cabeza (Para una historia del análisis macroeconómico puede verse en español el excelente libro de Norberto E. García La crisis macroeconómica, edit. Marcial Pons, 2010). Este fracaso lo estamos viendo en Grecia, Portugal, Irlanda, Portugal, Italia y España. Reduciendo el déficit en plena crisis –y este es el problema, el momento– lo único que se consigue es deprimir la economía vía consumo. Este es un componente esencial del conjunto de la demanda agregada –consumo más inversión más gasto público más exportaciones menos importaciones–, y cuando la demanda agregada de un año es inferior a la del año anterior es casi seguro que se entra en una espiral contractiva de la economía por la relación consumo-producción-renta y vuelta al consumo. Y eso se agrava si se parte ya de una situación de crisis. En España, en el año 2012, una política de reducción del déficit mediante recortes continuos del gasto público –sobre todo del social, es decir, en sanidad, educación y dependencia– ha traído 426.000 parados más (según datos de registro, cuando salga las encuestas aún serán peor lo datos). ¿Por qué ese empeño que tiene la derecha en escornarse contra la pared de la realidad? Creo que vendría explicado con tres palabras: votos, mentiras, austeridad. Esta última palabra permite la utilización demagógica, porque los votantes de derecha –en España el P. P.– creen que la palabra austeridad significa que con ello las Administraciones van a gastar menos, es decir, van a gastar menos en los supuestos gastos administrativos. No saben dos cosas: que es mentira, que esos gastos no son meramente administrativos y, saben menos, lo explicado con anterioridad: que eso va a suponer una reducción de la actividad económica. Más aún, una vez que han votado se dan cuenta en sus carnes que ellos y sus familiares empiezan a tener una atención sanitaria peor, un coste mayor en la educación de sus hijos, menos becas para los que antes accedían a ellas, que sus padres ya no van a ser atendidos desde lo público o que les va a costar más que antes, que la farmacia le va a resultar más cara, que sus salarios van a perder capacidad de compra, al igual que las pensiones, etc. Porque la austeridad, en la práctica, no es menos gasto administrativo sino menos Estado de Bienestar. Y cuando han votado ya es demasiado tarde.

Volviendo al libro, es de reseñar especialmente los artículos sobre el sistema fiscal (Otra fiscalidad es posible) y sobre el sistema financiero (Crisis bancaria y financiera). Son desde luego dos temas trascendentes en la economía de un país, pero en España especialmente. En la fiscalidad en España recogen sus autores una aproximación de lo que se deja de recaudar por fraude fiscal. Según estos –Manuel de la Rocha Vázquez y Alberto del Pozo Sen– este fraude estaría en torno a los 88.000 millones de euros (pág. 124). Si todos estos defraudadores pagaran en España no habría déficit, no habría que reducirlo, no habría que hacer recortes, independientemente de que el P. P. en el poder los hiciera de todas las maneras por motivos ideológicos. España, según datos de Eurostat, es uno de los países que peor redistribución de la renta produce la toma de impuestos y la ejecución del gasto público correspondiente. Nos dan los autores unos datos escalofriantes. La recaudación entre el 2007 y el 2009 cayó un 12% (8.700 millones de euros) en el IRPF, un 40% en el IVA (22.275 millones) y un más que sospechoso ¡55%! en Sociedades (24.635 millones). El tercer problema en España es el de su insuficiente recaudación. En el 2010 la presión fiscal (impuestos más cotizaciones) estaba en torno al 33%, muy lejos de la media europea, que es de un 41%, aunque también con variaciones significativas de unos países a otros. Insuficiente, injusto, antidistributivo son las características del sistema fiscal español y el insuficiente e ineficaz sistema de lucha contra el fraude. La tarea pendiente para la izquierda no tiene vuelta de hoja, ahora en la crisis y/o cuando salgamos de ella, porque ya sabemos lo que hace la derecha en el poder: la amnistía fiscal, perdonando deuda tributaria consolidada.

En el tema de la crisis bancaria se agolpan varios problemas, cosa que suele ocurrir en estos períodos. En primer lugar el tópico de que en España teníamos unos de los mejores sistemas financieros del planeta se ha venido abajo. Las autoridades financieras -con el Banco de España a la cabeza- han permitido durante los años 70 y 80 un sobredimensionamiento del subsector de la banca; y en los años 90 hasta casi el presente permitieron nuevamente la misma política en las cajas de ahorro. Y nada se hizo para corregirlo. Teníamos demasiadas oficinas, aunque no demasiados empleados, lo que indica que uno de los grandes problemas estructurales del sistema financiero era el excesivo número de oficinas por empleado y por actividad bancaria (medido en depósitos, créditos, etc.). Esto es independiente de la crisis bancaria originada por los excesos crediticios (en relación a las garantías) otorgados por bancos y cajas como consecuencia de la bajada de los tipos de interés desde hace más de dos decenios (antes de la entra en el euro, aunque la entrada potenció este efecto) y por la liberalización del suelo del P. P. de Aznar y Rato. El artículo que se menciona (Crisis bancaria y financiera, de Julio Rodríguez López y José Moisés Martín Carretero) arranca desde la transición y recoge el hecho del exceso de oficinas, aunque quizá no lo resalta suficientemente. Que el sistema financiero trabaje con tipos de interés bajos para la economía es ciertamente muy beneficioso para la llamada economía real, pero que el aumento significativo del crédito lo haya sido en el sector inmobiliario (constructores, promotores y particulares) por encima de las posibilidades de los prestatarios es la principal causa diferencial del aumento del paro en España respecto a otros países de Europa (compárese con el Reino Unido) y USA. Además y en los últimos años, en España se ha seguido una política bancaria errónea consistente en obligar a bancos y cajas aumentar su solvencia… en plena crisis. Así ocurrió con el Real Decreto 2/2011 del 18 de febrero, pasando del 8% al 10% el capital básico sobre los activos (core capital ratio) y con el Real Decreto 2/2012 del 3 de febrero, aumentando las exigencias sobre provisiones (50.000 millones de aumento). Lo recogen los autores del artículo. Es decir, lo que se dejó de hacer en su momento –aumento de la solvencia del sistema– se ha hecho cuando no interesaba, porque cuando a una entidad financiera se la exige más solvencia a corto plazo –incluso de un día para otro–, sólo lo puede hacer a costa del crédito. Y esto es nefasto para la economía real. Por supuesto que ninguno de estos fallos de las autoridades exonera la responsabilidad de los banqueros en el origen y causa de la crisis, aquí y fuera de España. Otro fallo de las autoridades es esa obsesión con crear un banco malo. Para valorar si ello es necesario cabe preguntarse si por el hecho agrupar los créditos dudosos y/o fallidos van a convertirse en solventes sus deudores. La respuesta es obviamente no, eso no va ocurrir. En realidad el banco malo se crea para que todos los españoles paguemos con nuestros impuestos los errores de los banqueros y con ello exonerar así a los banqueros responsables. Esta es una conclusión del autor de este artículo y no de los autores del libro.

Excelentes e ilustrativos son los artículos sobre el mercado de trabajo (Antonio González González) y el referido a al gobierno europeo (Josep Borrell Fontelles). En general todos merecen una lectura pausada, detallada. Falta un segundo libro que complementara los aspectos del gasto público que atañen al Estado de Bienestar (sanidad, educación, dependencia, pensiones, seguro de desempleo). En cualquier caso, un excelente libro que deja la pelota en el tejado de los neoliberales (los fedea en España, por ejemplo) la defensa de las supuestas bondades -¿dónde están?- de la política del P. P. en la España actual y sus 426.000 puestos de trabajo perdidos desde que está en el poder este partido.

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