El retorno de Marx: precariedad, innovación y falsas salidas

Ignacio Muro es miembro de Economistas Frente a la Crisis

La salida que nos proponen las élites del mundo implica, aunque lo oculten, un desenganche progresivo de los actuales valores occidentales que supera los pequeños ajustes del Estado de Bienestar que las sociedades occidentales están dispuestas a asumir. Y que solo será posible si se acompaña de un fuerte retroceso democrático y la instauración de formas políticas autoritarias.

Lo que se denomina “devaluación interna” no es algo limitado a las periferias de Europa. Es, aunque pocas veces se hace explícita, la solución que las élites dominantes ofrecen al conjunto de Occidente ante la batalla de la globalización. Esa batalla nos “obliga”, dicen, a una wageless recovery, es decir, a una salida basada en un rápido descenso de los sueldos y del nivel de vida de los ciudadanos, según los términos utilizados por Stephen Roach, presidente de Morgan Stanley en Asia. Es la única forma de frenar el desplazamiento de actividad hacia los países en desarrollo que conlleva la globalización.

El progreso imposible

Desde este lado del mundo pareciera que ya no es posible aspirar a una vida mejor. ¿Dónde van los incrementos de productividad que favorecen las nuevas tecnologías? ¿Y la aceleración de las innovaciones en todos los campos del saber?, ¿qué pasa con ellas? ¿No son suficientes para facilitar una mejora generalizada del nivel de vida de los trabajadores de todo el mundo?

Mejor no hacer esas preguntas. Al relato dominante solo le interesan los discursos políticos e ideológicos que potencian o justifican un trasvase extraordinario de rentas a favor del capital y en contra del trabajo. Eso y no otra cosa es la wageless recovery: un ardid intelectual más que pretende desmontar los contrapesos del Estado de Bienestar, los mismos que facilitaban la estabilidad de la demanda interna, presentados como un lastre. Lejos de ser “la solución”, es un camino hacia el desastre.  Y es que el predominio absoluto del capital sobre el trabajo provocará inexorablemente  crisis de subconsumo sistémicas, especialmente intensas en los países desarrollados, y el retorno a las convulsiones recurrentes del capitalismo que ya denunciara Carlos Marx.

Decía Marx que, en la medida en que crece el volumen y la intensidad del capital, se produce un incremento extraordinario de la capacidad productiva del trabajo; pero el desarrollo de la técnica y la racionalización de la producción que trae consigo, en lugar de aliviar la carga del trabajo, genera, paradójicamente, desocupación, precariedad y descenso salarial. La expresión de esa apropiación de la productividad del trabajo se percibiría porque los beneficios empresariales crecerían en una espiral exponencial en relación con los salarios hasta el punto de provocar periódicamente crisis de subconsumo y sobreproducción. Desgraciadamente, esa tendencia se está volviendo a cumplir desde que la globalización y el neoliberalismo se han convertido en fuerzas dominantes, periodo en que los beneficios empresariales están creciendo 8 veces el nivel de los salarios.

 

La otra salida: el mito de los nuevos modelos productivos

La defensa de nuevos modelos productivos basados en la innovación y en un trabajo más cualificado forma parte del relato común en Occidente.  Si uno observa la prensa de países europeos o americanos, puede confirmar que las corrientes dominantes de todos ellos afirman como receta común que “hay que estar más preparados y ser más flexibles para ganar competitividad y competir en el exterior con productos de alto valor añadido”. ¿Es esa la solución? ¿Es el mercado exterior la solución? ¿Es la falta de preparación de nuestros jóvenes o su mala actitud ante el trabajo la que impide un  modelo productivo diferente? ¿Cómo interpretar entonces la soblecualificación reconocida y su adaptación a entornos más competitivos, precisamente en el exterior?

Esa “salida” oculta conscientemente que Asia (China, India…) y muchos países del mundo (Brasil, Rusia…) están ya capacitados para elaborar bienes y servicios de alto valor y no solo productos de baja gama. La economía de los países emergentes se caracteriza por una explotación intensiva del trabajo, eso es cierto, pero con un trabajo de creciente cualificación capaz de producir productos y servicios avanzados, como se puede apreciar haciendo un repaso a las más diversas industrias desde automóviles a trenes de alta velocidad, desde software a terminales tecnológicos o a nuevas energías y materiales.

Un informe reciente elaborado por IDC y Microsoft afirma que las tecnologías del ‘cloud computing’ generarán en torno a los 14 millones de puestos de trabajo en todo el mundo hasta 2015. Pero, atención, por zonas geográficas, la generación de empleo se concentrará, sobre todo, en los países emergentes,  la mitad de ellos entre China e India, (6,8 millones de nuevos puestos de trabajo). ¿Por qué ocurre esto? Entre otras cosas, porque, desde 2004, la mayoría de las transnacionales que más invierten en I+D de todo el mundo han utilizado China, la India u otros países emergentes para desarrollar sus programas.

La diferencia esencial de esos países no es, por tanto, la ausencia de ingenieros, técnicos, investigadores o científicos sino su disposición a trabajar jornadas de 14 horas con salarios ínfimos. La socialización del conocimiento que facilitan las nuevas tecnologías y la creciente preparación de sus gentes les capacitan para cualquier tarea.

 

“Nuestras” multinacionales y la transferencia de tecnología

Lo que denominamos socialización del conocimiento es, sobre todo, transferencia de tecnología. Cuando generamos ventajas diferenciales en Occidente, éstas se pierden a la misma velocidad que emplea el capital americano, europeo o japonés en desplazar las rutinas innovadoras ya testadas en Europa o EE UU, hacia los países emergentes.

La deslocalización no solo es traslado de capital-dinero sino transferencia de conocimiento organizativo y técnicas de management que permiten fabricar allí , cada vez más, productos de alta gama y valor añadido y tomar la delantera en otras iniciativas. El capital occidental se muestra feliz en esta situación, porque toma contacto con naciones con un trabajo infinitamente más barato, desprotegido y “ motivado” que facilita unas altísimas tasas de rentabilidad.

En realidad, no hablamos de modelo productivo, hablamos de modelo social. Ya no queremos “exportar” nuestros valores democráticos, los consensos internos, los sistemas fiscales progresisvos que eran la base del equilibrio social. Ya no queremos mostrarlo como referencia para los países periféricos. Al revés, se ensalza su capacidad de sacrificio, propia de sus penurias económicas para ponerlos como nuevo paradigma frente a las sociedades obsoletas y acomodadas occidentales. En 15 años, el modelo chino, exportador y basado en un evidentedumping social, ha pasado a convertirse en el patrón (devastador, insostenible) al que se desea someter al conjunto de Occidente. Anhelan sus bajos salarios y las jornadas interminables y su “disciplina”, eso es todo.

Identificar las falsas salidas es imprescindible, rechazarlas con fuerza también. El modelo productivo que necesita España es, simplemente, el que extrae lo mejor de nuestras ventajas comparativas y ello requiere una política industrial adecuada a los principales sectores: desde las industrias culturales al turismo, desde la automoción a las energías renovables, desde la construcción a la agricultura sostenible. Y, común a todos ellos, la revalorización de nuestros trabajadores y la inteligencia colectiva, justo lo contrario que potencia la reforma laboral del Gobierno. Ese sí es el camino.

6 pensamientos en “El retorno de Marx: precariedad, innovación y falsas salidas

  1. Muy interesante, Ignacio. Tal vez habría que profundizar en algunas ideas, todavía muy incipientes, sobre políticas proteccionistas en Europa –y otros bloques económicos desarrollados- basadas en labour and environmental standards (condiciones o normas medioambientales y laborales mínimas exigibles) frente a la competencia de los países emergentes cuya competitividad se basa en dumping de todo tipo.

    Los fundamentos de una política de este tipo es presionar, frente a la actúal globalización basada en la depresión de las condiciones del trabajo y en el deterioro medioambiental, a favor de una globalización de nuevo tipo basada en los parámetros básicos del Estado de Bienestar.

    De esta manera las actuales políticas globales que contribuyen al fortalecimiento de las políticas de devaluación interna en occidente y a su corolario: la perpetuación de condiciones de trabajo cercanas –en algunos casos- a la esclavitud y al continuo deterioro medioambiental en los países emergentes (véase China), tendrían que enfrentarse a alternativas progresistas y eficientes.

    No se trata de contraer el comercio internacional con proteccionismos nacionalistas que contraen los excedentes, sino con proteccionismo social y medioambiental, en beneficio de la humanidad, que permitiría la recuperación del comercio internacional sobre nuevas bases. Indirectamente, estas políticas frenarían las políticas de deslocalización.

    Es curioso, Arnaud Montebourg, nuestro invitado en la presentación de Economistas Frente a la Crisis en el Colegio de Arquitectos, ahora Ministro de Industrialización en el Gobierno de Hollande, ha vuelto a retomar con fuerza estas ideas que ya esbozó en su campaña electoral.

    Pero lamentablemente, nos queda todavía mucho terreno para profundizar con rigor en ideas cómo estas.

    Muy interesante tu artículo,
    Un abrazo, Jorge Fabra Utray

    • Tienes toda la razón Jorge. LLevar este debate a la OMC significa establecer las condiciones sociales y medioambientales en los que la libertad de comercio es sostenible y factible, en absoluto cuestionar esa libertad ni fomentar el proteccionismo defensivo. Es por ahí por donde debemos caminar.
      Un abrazo
      Ignacio

  2. Lo peor es que la mayoría de los economistas aún siguen defendiendo las devaluaciones competitivas y los recortes en servicios sociales, enfocando el problema en el gasto público y la competitividad, al tiempo que mirando para otro lado ante la explotación laboral, la evasión fiscal y la especulación financiera, que son en realidad las tres patas de esta crisis. Los banqueros y los empresarios lo que quieren es forrarse, los políticos por su parte lo que quieren es poder, pero joder, los economistas supuestamente son intelectuales, como tales su principal motivación debería ser profundizar en los asuntos macroeconómicos con ánimo de verdad y justicia. ¿Es que la mayoría de ellos están prostituidos por el sistema o es que les han lavado el cerebro en las universidades de Economía o tal vez sencillamente es que son unos darwinistas sociales de tomo y lomo?
    Enhorabuena por el blog, aquí os enlazo el mío por si alguien quiere echarle un vistazo:
    http://www.capitaclismo.com

  3. La trampa de Adam Smith que se tragó Marx es la independencia de la economía y del Estado. Antes de existir la economia allí esta el Estado para garantizar quien es dueño de que y para someter a otros países o pueblos y/o garantizar la compraventa de productos en condiciones de ventaja por el hecho de dominar el proceso de comercio. Esto era tan válido que la compañía East Indies premiaba a Smith con una remuneración. Hoy en día lo que sucede en China es el resultado de un acuerdo entre estados para abrir la mano de obra, los recursos al capital en condiciones de perfecta ventaja de los capitalistas frente a los habitantes de China. La ausencia de libertades permite lo que el articulista llama esclavitud. Sigue la supremacía del Estado sobre la economía. El Estado con la parte del León, claro el Estado dominante y sus asociados capitalistas. A los países dominados no les queda mas remedio por su bien que aceptar esta competencia desde el inicio desigual. Y cargar ahora con el desmpleo y la miseria. Tal vez en esto tenga razón Marx, los capitalistas despues de haber acumulado un capital varias veces mayor que la producción mundial quieren tener una rata de beneficio regular y fuerzan a la miseria del trabajador y de toda la sociedad. Esto es como el cuento del burro que permitió al tigre sobre su lomo para cruzar un río, en la mitad, el tigre le clava las garras y el mono le dice que si sigue se van a hundir los dos y el tigre le dice: es que no puedo aguantar las ganas.

  4. Pingback: El retorno de Marx | La Cebolla

  5. No tengo formación específica y puedo pecar de ignorancia pero mi opinión es que si en la bonanza se hubiera sido más generoso y se hubiera trabajado/cooperado de manera real y efectiva en las condiciones de los países menos boyantes económicamente de forma solidaria, a lo mejor no abría que recortar ahora tanto nuestro modelo social para hacerlo competitivo, sino que el suyo sería más alto, justo y no estaría la balanza tan descompensada ahora.

    La clave no estaría así tanto en bajar nuestro nivel de vida, sino en haber aumentado el suyo cuando estuvimos a tiempo.

    En vez de intentar globalizar lo bueno, caemos en lo malo, egoísta e irracional.

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