La Crisis Económica y la Integración Europea

Jorge Fabra (@JorgeFabraU) es miembro de Economistas Frente a la Crisis

Cuando en Enero de 2010, el Primer Ministro griego anunció que el anterior Gobierno conservador había falseado las cuentas públicas y que el déficit público era en realidad tres veces superior, el proceso de integración europeo comenzó a experimentar una transformación sin precedentes.

En tan sólo dos años, la integración europea ha avanzado más que en los diez años precedentes. La crisis ha modificado de manera profunda la teoría que sustentaba el proceso de integración comunitaria, transformando también la percepción social e incluso las fuerzas motrices del proyecto europeo.

Las cambios en la gobernanza económica europea se han estructurado en torno a dos áreas fundamentales: la política fiscal y el sistema financiero.

El pilar fiscal de la integración europea

La crisis griega no sólo ha tenido un impacto demoledor sobre la economía y las condiciones de vida de los ciudadanos griegos, sino que también ha condicionado la política fiscal europea. Cabe preguntarse qué hubiese sucedido con la respuesta fiscal a la crisis si ésta se hubiese iniciado en Irlanda, país que en aquel momento no experimentaba grandes desequilibrios fiscales. En Grecia se concentraron todos los temores de una Alemania temerosa de que la política fiscal acabase determinando la monetaria. Creyendo que los países del Sur de Europa serían incapaces de mantener unas cuentas públicas saneadas, el Gobierno conservador alemán impuso una terapia de shock que buscaba exclusivamente la sostenibilidad fiscal. El riesgo de ruptura del Euro y la redenominación de la deuda actuaban como una amenaza definitiva, siendo el instrumento elegido para afianzar la visión ordoliberal alemana la imposición de reglas inflexibles, tan inflexibles como una norma de rango constitucional puede llegar a ser.

Esto se ha traducido en un cambio significativo en la coordinación de la política fiscal. La gobernanza económica y fiscal en la Zona Euro se ha reforzado a través del conjunto de reglamentos, directivas y acuerdos intergubernamentales que conforman el six-pack, el two-pack y el Pacto Fiscal. Este nuevo impulso de coordinación y supervisión se puede resumir en los siguientes puntos: (i) Supervisión reforzada, incluyendo la revisión del borrador de Presupuestos Generales del Estado previo a su envío a los Parlamentos Nacionales; (ii) límites más estrictos a las cuentas nacionales recogidos en normas de rango constitucional; (iii) Sanciones más severas y semiautomáticas en caso de desvío presupuestario y (iv) medidas para supervisar y corregir los desequilibrios macroeconómicos. En definitiva, las nuevas normas limitan la capacidad de los Estados miembros de dar una respuesta keynesiana a la crisis.

Cambios en la gobernanza del sistema financiero

El segundo pilar del nuevo impulso integrador se centra en el sistema financiero, tanto a nivel institucional con la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), como a nivel regulatorio, siendo la Unión Bancaria su apuesta más relevante.

El MEDE fue diseñado para salvaguardar la estabilidad financiera de la zona euro. Para ello se le dotó de una capacidad de préstamo de 500.000 millones de euros. Estos fondos, a pesar de las impresionantes cifras,han demostrado ser insuficientes para romper la espiral negativa entre el riesgo bancario y el soberano, espiral que se encuentra en la base de la crisis del euro y que ha llevado hasta niveles difícilmente sostenibles la deuda pública de algunas economías europeas. Siguiendo a Paris y Wysplosz, nos referimos por insostenibilidad de la deuda pública a una carga financiera tal que limite la capacidad de crecimiento económico e incapacite a los gobiernos para hacer un uso efectivo de su política fiscal. La consecuencia es que el debate sobre la reestructuración de la deuda pública y privada no tardará en llegar.

El MEDE ha provisto de asistencia financiera a los países rescatados (Grecia, Irlanda, Portugal, Chipre y España), imponiendo una estricta condicionalidad que en la mayoría de los casos ha agravado la situación. La respuesta, acrítica, de las instituciones europeas contrasta con algunos ejercicios de sinceridad provenientes del FMI, en particular en lo respectivo al diseño del programa de rescate a Grecia.

Recientemente hemos observado como los llamados países del núcleo europeo liderados por Alemania han obstaculizado, ralentizado y, por encima de todo, desnaturalizado, los intentos comunitarios por avanzar en los mecanismos de solidaridad financiera. La Unión Bancaria, que en su diseño teórico contaba con tres pilares, supervisión, resolución y garantía de depósitos común, poco tiene que ver hoy con la Unión Bancaria que Eurogrupo tras Eurogrupo, cumbre Europea tras cumbre Europea, va perdiendo el carácter común que todavía permanece formalmente en su denominación. En esta resistencia alemana al proceso de integración financiera destaca entre los demás, por paradigmático, el nuevo instrumento de recapitalización directa de la banca, que pretendía limitar el impacto en las cuentas públicas de las crisis bancarias. Más de un año y medio después de que se acordase su creación, el desarrollo técnico sigue bloqueado.

Como consecuencia de lo anterior la fragmentación financiera persiste. Los elevados diferenciales en el coste de financiación de las empresas de la periferia europea en relación a las del centro, suponen un impedimento adicional sobre la actividad productiva ya de por sí muy debilitada por una demanda interna absolutamente exhausta a causa del desempleo masivo, los recortes indiscriminados y la incertidumbre ante un futuro que, en el escenario más optimista, nos deparará años de crecimiento débil e inequitativo.

Una apuesta por Europa

Hoy la economía europea tiene una menor capacidad de crecimiento, lo que se evidencia en una significativa caída del PIB potencial. La gravedad de este hecho estriba en que los deseables impulsos a corto plazo, necesarios para poner de nuevo en marcha el motor de la economía, serían menos efectivos porque la crisis se ha llevado por delante capacidad industrial, capital humano, expresado en millones de trabajadores desempleados y en la pérdida de conocimiento motivada por falta de inversión en I+D+i, y ha supuesto la destrucción de miles de empresas. Es decir, ha derribado los pilares en los que sustentar una recuperación sostenida y sostenible de nuestra economía.

En este contexto la respuesta no puede sino provenir de más Europa. Pero no debemos caer en un europeísmo naif, acrítico. La orientación de la política económica europea no sólo viene marcada por algunos países. Son las propias reglas del juego las que están viciadas e impiden el desarrollo de políticas económicas progresistas. Ya es hora de que las organizaciones políticas de la izquierda europea revisen su posición ante la construcción europea y las normas e instituciones que surgieron de Maastricht.

La respuesta europea a la crisis debe articularse en torno a, al menos, dos ejes. En primer lugar hay que hacer frente a las consecuencias sociales y económicas de la crisis. No podemos abandonar en el camino a los damnificados, pues la recuperación incipiente quedaría mermada y carecería de legitimidad. Las fuerzas progresistas deben abanderar las propuestas que combatan el desempleo y mitiguen las consecuencias sociales y económicas del desempleo sin renunciar a los derechos de los trabajadores. Proponemos la creación de un subsidio de desempleo europeo que complemente los sistemas nacionales, reduzca la presión sobre las cuentas públicas, afiance el sentimiento de ciudadanía europea y actúe como estabilizador automático ante shocks asimétricos. Las instituciones europeas deben hacer uso de los instrumentos de los que ya disponen para exigir que las economías superavitarias fortalezcan su demanda doméstica, lo que favorecería un impulso también para las economías del Sur de Europa.

Finalmente para afianzar el impulso integrador hay que avanzar en las reformas estructurales que favorezcan el crecimiento y que no pasan de manera ineludible por la desregulación y la pérdida de derechos de los trabajadores. Reforma estructural es modificar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento para proteger la inversión pública en las épocas de crisis, especialmente en sectores de alto valor añadido, evitando también la sobreinversión no productiva en los años de bonanza. Reforma estructural es mutualizar los riesgos financieros y afianzar los mecanismos de solidaridad interpersonal. La gobernanza económica europea debe reformarse de manera que la economía fortalezca, y no debilite como ha sucedido en esta crisis, el sentimiento europeo.

El tiempo se acaba para Europa, porque aferrarse a políticas que destruyen la solidaridad entre países apunta directamente sobre su base fundacional: el Estado del Bienestar es la propuesta de la Unión Europea para el mundo.

3 pensamientos en “La Crisis Económica y la Integración Europea

  1. Completísimo el artículo Jorge, muchas gracias por toda la información y tus reflexiones. Yo no soy ningún experto en la materia pero tengo la impresión de que en épocas de bonanza es mucho sencillo equivocarse con inversiones improductivas. Ha pasado como bien dices, y me gustaría equivocarme pero creo que cuando la economía se recupere volverá a pasar. A veces tener mucho hace que se pierda la noción de lo que cuesta conseguirlo, y hablo a nivel macro e incluso en su analogía a las personas.

    Siento no poder mantener el nivel de tu artículo, es mi opinión como novato en estos temas.
    Que pases muy buen día Jorge y gracias de nuevo por la información🙂
    Juan.

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