Necesidad de mayor inflación

Carles Manera (@carlesmanera) es Catedrático de Historia Económica de la Universitat Illes Balears y miembro de Economistas Frente a la Crisis

La relación de la inflación con otras variables revela que unos niveles moderados de inflación no tienen porqué ser, de forma automática, negativos; incluso, pueden ser beneficiosos para las estructuras económicas. Es decir, una inflación controlada puede representar una contrapartida tolerable, siempre y cuando las tasas de crecimiento sean positivas y las de paro se reduzcan. Algunos de los más prestigiosos economistas académicos norteamericanos han investigado en este tema, que marca un punto de heterodoxia en el marco de las interpretaciones más convencionales sobre la evolución económica.

El período central de análisis de estos autores se vincula a la crisis que surge en 2001, con el desplome de las empresas tecnológicas; también aquí se realizaron comparaciones y análisis entre variables determinantes, como el crecimiento económico, la inflación, el paro y las evoluciones bursátiles.

George Akerlof afirmaba, en un trabajo publicado en 1996 y en referencia a la economía americana (Akerlof-Dickens-Perry 1996), que los costes de mantener una inflación baja, cada vez más próxima a cero, acabaría por representar una caída del PIB, a la vez que recomendaba que la estabilidad completa de precios no podía ser, de ninguna manera, el objetivo fundamental de la Reserva Federal. La teoría de Akerlof no contradecía, sin embargo, los modelos econométricos del banco emisor[1]. Akerlof no criticaba el control de los precios, que elogia sin paliativos; pero cuestionaba la obsesión por alcanzar una inflación casi inexistente, máximo cuando la tasa de paro se encontraba en niveles muy ajustados, entorno al 6% en el momento en el que el trabajo se editó. Su teoría indica que la reducción de la inflación, cuando es elevada, incrementa muy poco el paro, por lo que es recomendable mantener bajas las tasas de inflación, hecho que beneficia los cálculos sobre el futuro, habida cuenta que el coste en número de parados es bajo.

Ahora bien, cuando con un cierto nivel de productividad se quiere mantener la reducción de la inflación, los costes en términos de ocupación de trabajo son muy elevados (Madrick 1998; Castells 2000; Krugman 1997). La razón principal que aporta Akerlof es que una inflación demasiado baja origina costes de carácter político-social importantes. En otras palabras: disminuir hasta el 3% la tasa de inflación es barato en el vector trabajo; pero por debajo de esa cifra, el coste se eleva muy rápidamente. Akerlof recurre a casos de Historia Económica –en concreto, la crisis de 1929 y sus repercusiones– para explicar de forma más convincente su modelo, y subraya como, desde la óptica de los precios y de la ocupación, la intensa deflación que se produjo se acompañó de una elevadísima tasa de paro, que llegó a una cuarta parte de la población activa de Estados Unidos. Los trabajos de Peter Temin abonan esta constatación, y demuestran que fue la obstinada política económica, decidida a mantener el patrón oro a toda costa, una de las causas centrales de la extensión de la depresión. Es así como las autoridades monetarias y fiscales aplicaron recetas contractivas, cuando la mirada retrospectiva hoy nos demuestra que hacían falta políticas expansivas.

Pero cualquier planteamiento alternativo debía transgredir el régimen del patrón oro, que se había traducido en paradigma intocable para los políticos y economistas, pero dramáticamente fisurado por la realidad. Todas las alternativas eran tomadas como aberraciones respecto a la estabilidad que representaba el patrón monetario existente, y no eran consideradas ni por las autoridades, ni por los inversores (Temin 1989).

Paul Krugman ha argumentado en un sentido similar al de Akerlof (Krugman 1996). Dice este autor que los beneficios de la estabilidad de los precios son relativos, y se sirve de la Historia Económica para demostrarlo: la gran desinflación de los años 1980 en la economía americana, que presionó a la baja los precios del 10% al 4%, se alcanzó tras un prolongado período de elevadas tasas de paro y de un exceso de capacidad productiva. La cifra de paro de 1979 se recuperó en 1988 –casi una década de evolución negativa–, de forma que puede hablarse de una relación de sacrificio de enorme coste, evaluado en cerca de un billón de dólares, para conseguir un pequeño avance en un plazo demasiado largo. Las conclusiones del autor son meridianas: la creencia de que la estabilidad absoluta de los precios es una bendición, que proporciona grandes beneficios con escasos costes, descansa más en la fe que en la evidencia. Y ésta apunta hacia otro rumbo: una inflación baja, cercana al cero, infiere fuertes contrapartidas penalizadoras para la economía.

Krugman efectúa unas correlaciones simples para avalar sus conjeturas: la primera, entre el crecimiento económico y la creación de ocupación entre 1980 y 1995, con resultados que le permiten afirmar que el crecimiento cortaba el paro; y una segunda, entre la inflación y el paro entre 1985 y 1995, que es totalmente inexistente. En suma, el lema que acaba acuñando el autor citado es sencillo pero elocuente: el crecimiento truncaba el paro, mientras que la inflación no. En esa misma línea, estudios sobre la inflación para el período 1979-1990 (con la utilización de indicadores de carácter monetario y otros relacionados con el desarrollo humano) constatan la incidencia negativa para salarios, rentas y niveles de vida (Bowles-Gordon-Weisskopf 1992). Joseph Stiglitz remacha estas mismas ideas (Stiglitz 2002). Un país puede tener una inflación baja sin crecimiento y con elevada desocupación. Para la mayor parte de los economistas esta nación tendría un esquema macroeconómico desastroso. Pero como la inflación excesivamente elevada conduce muchas veces a un crecimiento reducido, y éste a un paro elevado, la inflación es estigmatizada de forma sistemática. La afirmación de Stiglitz se dirige, sobre todo, a los posicionamientos, invariables y acríticos, del FMI hacia los países pobres.

Referencias:

AKERLOF, G.A.-DICKENS, W.T.-PERRY, G.L., (1996) “The Macroeconomics of Low Inflation”, Brookings Papers on Economics Activity.

BOWLES, S.-GORDON, D.-WEISSKOPF, Th. (1992), Tras la economía del despilfarro. Una economía democrática para el año 2000, Alianza.

CASTELLS, M. (2000) La era de la información, Alianza.

KRUGMAN, P. (1996), “Fast Growth and Stable Prices: Just Say No”, Economist, agosto.

KRUGMAN, P. (1997), El internacionalismo “moderno”. La economía internacional y las mentiras de la competitividad, Crítica.

KRUGMAN, P. (2004), El gran engaño, Crítica.

MADRICK, J. (1998), “Computers: waiting for the revolution”, en New York Review of Books, marzo.

STIGLITZ, J. (2002), El malestar en la globalización, Taurus.

STIGLITZ, J. (2003), Los felices 90. La semilla de la destrucción, Taurus.

TEMIN, P. (1989), Lecciones de la Gran Depresión, Alianza.

[1] Tales modelos se adhieren al principio NAIRU, Non-Accelerating Inflation Rate of Unenployment, o sea, la tasa de desempleo que no acelera la inflación, que el banco central situaba entre el 6% y el 6,2%. Es decir, si el paro caía por debajo de esos porcentajes, el riesgo de inflación era patente, según la institución presidida entonces por Alan Greenspan.

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