El reto ecológico de la economía

Carles Manera (@CarlesManera) es Catedrático de Economía de la UIB y miembro de Economistas Frente a la Crisis

 Un grave problema para la economía de la globalización va a ser, a parte de la resolución de la deuda pública, la inflación o los déficits, las dificultades inherentes al propio proceso de crecimiento económico: las externalidades negativas sobre el medio ambiente, concepto tras el que se esconden las emisiones tóxicas a la atmósfera, la generación de residuos sólidos urbanos, las congestiones demográficas y el destrozo del capital natural. Desde hace años, científicos experimentales alertan en relación a estos temas. En efecto, la desaparición de especies de aves y de pesqueras marítimas, la disminución de la biodiversidad y las consecuencias del dióxido de carbono sobre la atmósfera, infieren las pérdidas naturales, correlacionadas con los indicadores económicos. Las cifras son de impresión: en el siglo XX, la población humana se ha multiplicado por 4, la actividad económica por 17, el consumo de energía por 13 y la población urbana total también por 13. El Panel Internacional sobre el Cambio Climático ha emitido, en los últimos años, diferentes informes tendentes a advertir sobre los graves efectos ambientales de los modelos de crecimiento, con un hecho claro que lo sintetiza todo: el cambio del clima.

Desde el campo de la economía, hace ya tiempo que existen voces autorizadas que, no obstante, se han hallado muy aisladas en el mainstream académico. En las facultades de Economía se sigue enseñando un conjunto de argumentos, modelos, premisas y conceptos provenientes de la macroeconomía keynesiana, de la filosofía económica neoliberal y, sobre todo, de una concepción “prometeica” que ya es obsoleta: la noción que, todavía, estamos en un “mundo vacío”, tal y como ha sugerido Herman Daly. La economía se enfrenta a un escenario nuevo: de los tres factores clásicos de producción –tierra, trabajo y capital–, el más escaso es el primero, que se relaciona directamente con la naturaleza y, en especial, con los recursos no renovables. Esta idea de “mundo vacío” desconsideraba las consecuencias de la expansión de las economías: existía espacio vital, económico y natural, para remediar las externalidades. Pero ahora nos encontramos ante un “mundo lleno”, con crecimientos exponenciales de las economías de los países emergentes, persecución de un crecimiento acrítico por parte de las naciones más desarrolladas, grandes incrementos en el consumo de energía, producción masiva de residuos y de contaminación. El subsistema económico se hace cada vez más amplio, de forma que necesita más energía y más recursos para crecer, al tiempo que provoca más polución. Las fronteras de la sostenibilidad económica son superadas por los impactos ambientales de todo tipo.

Esta visión más “física” de la economía –que no “fisicalista”, la creencia de que la economía es la física de las ciencias sociales–, sin caer en las perspectivas explicativas más reduccionistas de la disciplina –que ve en las matemáticas y en su aplicación más un fin en si mismo que una herramienta crucial–, es lo que permite fluir con la óptica más biológica y con los principios de la física post-newtoniana, orientados al análisis económico: cuando el planteamiento contempla, de forma indefectible, las leyes de la termodinámica y, de manera principal, su segundo principio. Esto es lo que hace ver el sistema económico como un mundo abierto e interconectado, en el que las redes factoriales suponen impactos mutuos entre elementos aparentemente dispares, y en donde el tratamiento de los productos acabados rubrica, a su vez, un problema antes no contemplado: los residuos que siempre se gestan en cualquier actividad económica.

El mecanismo “lineal” de la economía convencional (sea cual sea su corte ideológico) pretende no tener fronteras claras de sostenibilidad y adoptar el mercado como primordial institución de encuentro. También los postulados de la economía ambiental que descansa en el instrumental ortodoxo beben de ese manantial. La visión biológica y holística de la economía –la ecológica– enfatiza el carácter termodinámico de todo proceso productivo: la entrada en la producción de materias primas y energía de alto valor y la salida de mercancías de elevado precio y de residuos de bajo valor. El orden neoliberal no existe; el equilibrio, tampoco. El economista debe estudiar una realidad cambiante y tratar de poner regularidades a movimientos espasmódicos y, en ocasiones, carentes de lógica, siguiendo aquí a Benoît Mandelbrot e Ilya Prigogine.

A partir de aquí, una pregunta se impone, a tenor de los debates más encendidos que se están produciendo en este campo tanto en el mundo político como en el de las ciencias sociales y experimentales: ¿está cambiando el clima? Los datos disponibles indican que sí. Esta gradual transformación se relaciona de manera directa con una determinada pauta energética, la derivada de la aplicación masiva de combustibles fósiles al mundo económico. Los estudios empíricos de la utilización de la energía en la economía son de fecha reciente. Los grandes ciclos físico-químicos se desarrollan según unas modalidades y unas limitaciones temporales rígidas, que pesan mucho sobre el desarrollo de las sociedades. Las alteraciones climáticas, por ejemplo, han sido tema de diferentes investigaciones publicadas desde los años 1950. Y nos muestran una correlación muy estrecha entre la meteorología y la coyuntura económica de las sociedades agrícolas prácticamente desde el Neolítico. En este sentido, Charles Pfister puso de manifiesto la importancia de las variaciones climáticas en los precios de los cereales y, más en general, en los ciclos económicos de las sociedades preindustriales de la Europa continental.

TABLALa evolución económica de las sociedades ha planteado siempre problemas ecológicos. En estos momentos, las preocupaciones esenciales se concentran en los efectos provocados por las emisiones de CO2 a la atmósfera, impulsadas por la acción humana sobre el medio natural. Este tema patentiza la necesidad imperiosa de comunicar el entorno físico con el económico de forma armoniosa, con el cambio climático como vértice angular. Las aportaciones sobre la cuestión basculan entre las vertientes científicas –con conclusiones recientes que resultan inquietantes– hasta previsiones más frívolas, próximas a un periodismo elemental que juega con el catastrofismo más grosero o con la despreocupación más insensata. Pero ¿qué puede pasar si, aumentando la concentración de CO2, sube todavía más la temperatura? De hecho, en épocas anteriores de la historia de la Tierra ha habido más CO2 concentrado –como nos muestran los hielos polares–, de manera que sabemos que existió un clima más cálido. Lo que acontece ahora es que este aumento se produce de manera muy rápida, como consecuencia directa de la acción humana y con intensos efectos acumulativos.

Así, la evolución del clima ya no es un dato excéntrico para los economistas como lo era no hace mucho tiempo. El peligro es que toda esta nueva casuística promueva una estrategia de imagen “verde” en administraciones y empresas, de manera que cubran de esta forma las preocupaciones formales –sin ir más allá– por la posible incidencia del cambio climático en la economía. Esta cuestión ha sido apuntada por José Manuel Naredo, que ha puesto un énfasis corrector sobre las políticas a desplegar más que sobre los instrumentos de reflexión –oficinas, gabinetes– si, en definitiva, éstos últimos tienen una incidencia escasa o nula sobre el pensamiento de los agentes económicos y sociales. Es decir, sobre las cúpulas directivas que toman decisiones concretas. El tema, de gran profundidad histórica, no ha hecho más que empezar. La forma como acabe dependerá de las medidas que se adopten y que son urgentes en todos los ámbitos.

3 pensamientos en “El reto ecológico de la economía

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