¿Quién pone en peligro la democracia?

Por José Vidal Portillo, miembro de Economistas Frente a la Crisis

Indecencia, abusos, desigualdad, frustración de expectativas, deterioro de la convivencia, hartazgo, desmoralización social… Son algunos de los síntomas que, desde hace tiempo, vienen anunciando la enfermedad de una sociedad en crisis. Consecuencia lógica del enquistamiento de problemas sin resolver en nuestro entramado político e institucional.

Durante años, lejos de atajar los problemas de raíz, quienes han tenido la capacidad y/o responsabilidad de solucionarlo no han sabido o no han querido hacerlo y, en el mejor de los casos, han aplicado medidas cosméticas o paliativas para combatir algunos de los síntomas. Contribuyendo así a un sistema cada vez más esclerotizado.

De tal forma que, un día sí y otro también, hemos ido viendo las injusticias y los excrementos que expulsan las cloacas de un sistema que no funciona adecuadamente, que no resuelve eficazmente los problemas reales de los ciudadanos, que favorece comportamientos no lícitos y que huele mal. La austeridad como respuesta a la crisis económica, que hace que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres, un paro estructural insoportable que condena a generaciones sin futuro, corrupción sistémica y crisis de liderazgo y credibilidad, dibujan una democracia disfuncional y atrofiada que amenaza con la quiebra del “contrato social”. El que da sentido a la democracia y el orden social, en virtud del cual nos sometemos a una autoridad, unas normas morales y unas leyes.

Sin embargo, el problema de fondo no viene sólo de las consecuencias derivadas de una crisis económica brutal, que también. Tampoco es por la corrupción más o menos generalizada, que también. Ni porque las instituciones sean inoperantes y la clase dirigente esté desprestigiada, que también. El problema de fondo es la filosofía que mece la cuna de esas crisis.

Esa filosofía que ha favorecido, aún más y sin contrapesos,  el individualismo egoísta, la codicia y los intereses particulares, olvidando el bien común de las personas y el interés general como objetivo de convivencia y de progreso. Una cultura donde la mediocridad se ha impuesto a la inteligencia y cuyo paradigma se ha ido construyendo alrededor del dinero y el poder, desplazando a las personas y valores sustantivos (ética, honradez, igualdad, justicia, solidaridad).

Es esa cultura, doctrina o ideología, la que ha permitido -y está permitiendo- la fractura de pilares fundamentales de nuestra convivencia y de nuestro sistema democrático. Ejemplo elocuente son las élites o representantes fundamentales de la estructura social de nuestro país (ya sea desde el entorno de la Monarquía, políticos, empresarios, representantes sindicales o altos funcionarios) que, rompiendo el principio de ciudadanía y ninguneando al Estado de derecho, abusan de su posición privilegiada y de dominio, secuestran la voluntad ciudadana en la toma de decisiones (con la partitocracia y el control de las instituciones) y, desde la doble moral y la opacidad, trafican con ideas, principios y valores. Además de ser pillados en fraudes, robos, cobro de comisiones, blanqueo de capitales. Y nos preguntamos… ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

La delincuencia y la corrupción es casi tan antigua como el mundo y consustancial con la naturaleza humana, por lo menos desde que se inventó la propiedad privada (origen de las grandes desigualdades, que diría Rousseau). Los ingredientes siempre son los mismos: El deseo irrefrenable de tener más (riqueza, poder…), un corruptor que corrompe, alguien que se deja corromper, un sistema que no lo impide o lo favorece y una cultura con pérdida de valores que alienta la deshonestidad y la codicia, bajo una mal entendida competitividad.

Conductas individuales de este tipo siempre las habrá, mientras existan desigualdades. El problema viene cuando esas conductas deshonestas trascienden del plano individual y entran en el corazón del sistema. Cuando anida en el núcleo de la estructura social de la mano de las élites (los que mandan, gobiernan y dirigen). Cuando estas conductas y estas élites van capturando la estructura de la vida social, política y económica, en beneficio propio, y con el todo vale.  Y algo de eso es lo que hoy nos ocurre, aunque tampoco es nuevo.

Lo nuevo, es la permisividad y la facilidad con la que hemos abrazado y dejado hacer una organización social que ha favorecido esa cultura que contribuye al desarrollo de estos fenómenos perversos. Tolerancia, …o derrota de principios.

Lo nuevo, realmente, es cómo el sistema de relaciones económicas hoy (la denominada economía de mercado, o los mercados), en un mundo globalizado, se ha degradado tanto que, saltándose sus propias reglas, se ha convertido en un gran casino mundial en el que el afán de lucro desmedido es el único motor, la codicia su catecismo y donde la banca siempre gana.  Un sistema cuya pervivencia se basa en élites con la influencia y con el poder para garantizar su posición de dominio y control social.

De tal forma que, si siempre el poder financiero y económico ha intentado influir en el poder político y en las instituciones, ahora mucho más.  Ahora el poder de los sistemas financieros (cada vez más fuerte y sin control) está sometiendo al poder político y a los Estados nación. Bancos, organismos e instituciones y tecnócratas, junto a muchos francotiradores e imitadores, contribuyen a esa cultura de colonización y del ¡todo vale!. Y los ciudadanos hemos permanecido expectantes o, indirectamente, hemos contribuido favoreciendo esa cultura de amoralidad.

La tolerancia desde antaño hacia algunas prácticas indebidas y conductas reprochables, fueran individuales o colectivas, ya sea el famoso, “con IVA” o “sin IVA”, o el pensar que unas elecciones absolvían o blanqueaban a sospechosos de corrupción, se ha demostrado que ha sido una mala práctica.  Como mala práctica ha sido el dejarnos convencer de que el origen de una crisis sistémica, como la que todavía estamos sufriendo, no es el resultado de la especulación financiera y el fracaso del mercado sino porque  vivíamos por encima de nuestras posibilidades. Ahora sabemos realmente quiénes eran los que vivían por encima de sus posibilidades.

De aquellos barros estos lodos.

Hoy, paro y corrupción son las dos principales preocupaciones de los españoles, según todos los datos demoscópicos. Pero, sobre todo, lo que las encuestas reflejan es un malestar y una desmoralización social sin precedentes. Una mezcla que, como no podía ser menos, anticipa previsibles consecuencias en nuestra arquitectura institucional ante la falta de respuesta efectiva.

Estas lacras, paro y corrupción, más relacionadas entre sí de lo que parece y que tanto afectan a la convivencia democrática, junto a otras que  venimos padeciendo desde hace ya mucho tiempo, perviven pese a las reiteradas promesas milagrosas sobre su solución o erradicación.  Síntoma del fracaso de la clase dirigente y del sistema.

Una permanente demostración de incompetencia de quienes, teniendo la responsabilidad desde el plano político e institucional, han estado más preocupados de sus cosas que de las cosas de los demás, más preocupados de su interés personal que del interés general. La excrecencia del sistema.

Responsables públicos e institucionales que, lejos de limpiar a fondo, han tapado. En lugar de atacar el problema han buscado excusas y han puesto muros de contención. Porque lo que importa no es atajar de raíz una mala práctica, sino que no afecte a sus expectativas personales o políticas. Porque todo se mide en términos de rentabilidad personal, económica o electoral, en lugar de lo que es cabal.  Y lo que importa es cómo seguir manteniendo o alcanzar el poder, aunque haya que vender humo (marketing y propaganda) en lugar de soluciones reales.

Un ejemplo son los permanentes discursos adanistas y eslóganes que, lejos de levantar el ánimo, caen en la propaganda zafia, como cuando se dice que “estamos saliendo” pero hay que seguir con la austeridad, el sacrificio y las reformas (que se traducen en seguir bajando salarios y un mercado laboral cada vez más precario). Propuestas dogmáticas que, aunque hayan fracasado, siguen insistiendo porque subyacen otras intenciones.

Decía Stiglitz: <<La austeridad ha fracasado. Pero sus defensores están dispuestos a cantar victoria sobre la base de la evidencia más débil posible: la economía ya no se está hundiendo.>>. Es como el barbero medieval cuando decía que la sangría funcionaba porque el paciente todavía no había muerto.

En definitiva, es la confluencia fatal de una cultura y de unos siervos ideológicos que habiendo colonizado estructuras institucionales y partidos políticos, se han sentido confiados que eran imprescindibles y sus acciones impunes.  Por eso, cuando sus excesos son puestos al descubierto o pillados in fraganti, intentan todo tipo de maniobras de distracción antes de, como mucho, pedir perdón para intentar eludir sus responsabilidades.

Si un trabajador se equivoca gravemente en su trabajo es despedido. Sin embargo, nuestras élites,  ya sean económicas, políticas o institucionales, no. ¡Cómo les cuesta!

Recientemente asistimos perplejos al culebrón patético de un Presidente de una Comunidad Autónoma, que no hace mucho decía “hay que limpiar de corrupción España” y “hay que ser inflexible”, cuando le preguntan si va a dimitir por haberse gastado dinero público en viajes privados a Canarias cuando era Senador por Extremadura, dice que “dimitir sería una dejación de responsabilidades”. Es más, primero, tras negar reiteradas veces que los viajes no eran privados, afirma que reembolsará el dinero y, tras armar una dudosa documentación, dice que si alguien tiene dudas devuelve el dinero. Pero de dimitir nada de nada.

El drama surge cuando el hartazgo provoca alternativas que amenazan la posición de dominio del stablishment. Entonces se recurre a actos de contrición por lo mal hecho o lo dejado sin hacer, …cuando pedir perdón ya no es suficiente. Se intenta hacer ver que todo es producto de algunos excesos y de la crisis económica y que con la recuperación económica todo volverá a la normalidad, … cuando ya nada va a ser igual. También se recurre al miedo, el riesgo para la estabilidad y el crecimiento económico o los peligros para la democracia.

Pero, ¿quiénes son los que realmente dan miedo y ponen en peligro la democracia?

Los que han permitido la degradación moral que vivimos, al no combatir de verdad la corrupción,  amparándola, defendiéndose o defendiendo a los de su tribu.

Los que confunden libertad económica y política con el laissez-faire en el que la pobreza, la desigualdad y la exclusión social aparecen como un hecho inevitable y necesario para el progreso. Los mismos que propugnan un Estado mínimo para poder seguir manteniendo sus negocios sin trabas y sus fechorías.

Los que con sus políticas y prácticas económicas dogmáticas están rompiendo la cohesión social y aumentando el sufrimiento para muchos sectores de la población que no ven expectativas de futuro.

Los que han permitido el saqueo de las empresas públicas y se dedican a desmantelar los servicios públicos (educación, sanidad…) para el negocio de sus amigos.

Los que con su patriotismo y sus banderas identitarias, pero su dinero en cuentas suizas o paraísos fiscales, en lugar de buscar la convivencia propician los enfrentamientos por intereses bastardos o electoralistas. Es escandaloso ver como nacionalismos de distinto signo se retroalimentan.

 Que se necesita un cambio, y radical, es más que evidente. Hace falta una regeneración profunda. Más democracia. Más transparencia, más controles, más inteligencia y menos mediocridad, más valores… Una hoja de ruta en la que las personas sean lo primero, con empleo y pensiones dignas, cohesión social, y la redefinición del modelo de Estado. Podemos y debemos cambiar la realidad. Quiénes han de liderar ese proyecto colectivo es otra historia. Y nada fácil.

Pero  deberíamos empezar por cerrar algunas puertas y abrir ventanas asegurándonos de que lo que entra es aire puro y no pestilencias pasadas.

3 pensamientos en “¿Quién pone en peligro la democracia?

  1. Excelente artículo. Debería quedar claro -especialmente entre nuestra profesión- que los principios económicos que rigen nuestros sistema y nuestras vidas no son neutrales sino que son los de las clases dominantes ya que establecen quien “domina” y las leyes que regulan dicha dominación.
    Por otro lado, la erradicación de la mentira en política quizás sea la última utopía pero debe establecerse un sistema que la penalice y que -como mínimo- ponga en las prioridades a todas o a la mayoría de las personas y no a las cosas (de unas pocas personas).

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